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UNA APROXIMACIÓN A LA HISTORIA DE LA RETÓRICAFrancisco García García Catedrático de la Facultad de CC. de la Información. UCM.
1. De la eficacia retórica al compromiso de la palabra2. De la filosofía de la retórica a las aplicaciones prácticas
3. De Aristóteles al mañana
Referencias bibliográficas |
La importancia del estudio de la retórica alcanza su sentido en la revisión misma que está necesitando la retórica como refundación y como actualización de su presencia en los nuevos tipos de discursos así como en su función social en los ámbitos de siempre y en las nuevas situaciones humanas. Nuestro objetivo no es por tanto un análisis histórico en si, ni siquiera una inscripción de los grandes hechos, estudios, investigaciones retóricas en fragmentaciones temporales que determinen una periodización histórica de la retórica; nuestro objetivo se entra más bien en momentos y temas fundamentales de la retórica, en una reflexión de su contenido, de su sentido histórico y sobre todo en una reflexión sobre su futuro. 1. De la eficacia retórica al compromiso de la palabraEn el centro de toda la discusión sobre la retórica está la convicción de que las palabras significan; tienen la capacidad de referenciar el mundo y de inventarlo; de decir en sentido recto y figurado; de decir la verdad y de mentir; de evadirse y comprometerse; de generar confiabilidad y desconfianza. De lo que no cabe duda es de su eficacia para comunicar, convencer, persuadir, argumentar y de expresar estéticamente. Visto así, la retórica es, como tantas veces se ha dicho, un instrumento comunicativo muy poderoso en las manos de los hombres. Y quien dice del discurso verbal, dice de todo tipo de discurso, ya sea verbal, audiovisual o digital; de función, ya sea informativo, histórico, ficcional, didáctico, publicitario; de medio comunicativo; de género; o de formato. Previa a la teorización de la retórica en la antigua Grecia, la práctica retórica debió de ser constante, como se puede colegir de las grandes obras literarias desde la Iliada (antes de 700 años antes de Cristo) o la Odisea con bellísimas aposiciones, atribuciones y metáforas, como: Aquiles, el de los pies ligeros; la aurora, la de los rosados dedos; Telémaco, el que hiere de lejos; hasta Esquilo con su Edipo Rey o Las Euménides (458 a C.) o Tucídides (47-400 a C.) Como indican José Antonio Hernández Guerrero y María del Carmen García Tejera (1994,17) que han escrito una Historia Breve de la Retórica, y Mortara Garabelli (1991,19), el nacimiento de la retórica está unido también al descubrimiento y al reconocimiento del valor cognoscitivo y educativo de la reflexión sobre la lengua. Se considera a Empédocles de Agrigento el fundador de la Retórica, pero el primero que escribe un manual de retórica, conjunto de reglas y consejos, fue Córax de Siracusa que se utilizó en la defensa de reclamaciones de devoluciones de propiedades confiscadas por el tirano Trasíbulo; a la vuelta a la democracia los propietarios necesitaban persuadir a los tribunales para generar verosimilitud e incluso certeza. Con esa finalidad se propusieron reglas y normas retóricas para hacer más convincentes los argumentos de cada uno de los que reclamaban las tierras que en ocasiones eran coincidentes en defender como propia una misma propiedad. El desarrollo de estos recursos ya dividió el discurso retórico judicial en tres partes. Las actitudes respecto a la retórica han sido de todo tipo unas defendiéndola de las acusaciones fundamentalmente de falsa realidad, de pura apariencia, de vacuidad, de arte ornamental, cuando no de contraria a la ética y, otras defendiéndola y aportando argumentos de su capacidad comunicativa, expresividad e instrumento educativo y al servicio de la ética. En algunos casos un mismo autor ha sostenido diferentes posturas a lo largo de su vida, como Platón y San Agustín. Actualmente se la considera un importante instrumento para la comunicación y se trasladan sus valores positivos o negativos al uso que los hombres hagan de ella. La primera valoración negativa de la retórica nace del concepto que adquirió la palabra sofista. A mediados del siglo V a. C. las técnicas preceptivas de Córax y Tisias; las ideas psicagógicas de Empédocles de Agrigento, que intenta provocar más que una reacción emotiva, una comunión (Hernández Guerrero y García Tejera, 1994,19); y las doctrinas pitagóricas de los contrarios (figura de la antítesis) y la politropía (a cada modelo de auditorio, su modelo de discurso) se presentan como el contexto social, educativo y cultural en que se desarrollan las teorías sofistas, cuyos autores y profesores se destacaban por el uso formal del lenguaje, del humanismo y del nuevo saber aplicado a la enseñanza de la lengua, la literatura, la ciencia, la filosofía y la oratoria. Fue el mal uso de la retórica, el enriquecimiento de algunos de los sofistas cobrando precios excesivos a sus servicios, algunos criterios filosóficos de fondo eliminando todo criterio objetivo en la elaboración del conocimiento, el único objeto del logos retórico es la opinión ( doxa ), como dicen Hernández Guerrero y García Tejera (1994, 22) refriéndose a las teorías de Gorgias , la palabra aunque no sirve para representar ni para transmitir la realidad, es útil para persuadir a los hombres. Desde esta perspectiva es fácil comprender que Gorgias desarrollara las teoría del kairós (oportunidad); que la base de sus argumentos fuera la probabilidad (eikós), y que se esforzara al máximo para crear una prosa poética. La lista de los sofistas es muy amplia, Protágoras de Abdera (481-411 a.C.), Georgias de Leontino (485-380 a. C.), Antifonte (480-411 a. C.), Lisias (459-380 a.C.), Iseo de Cálcide (420-350 a.C.), Isócrates (436-338 a.C.) El posicionamiento antirretórico de Platón (427-347 a.C.) dirigido fundamentalmente contra los sofistas, coetáneo de alguno de ellos, se inscribe en su diálogo Gorgias, basándose en las intervenciones de Georgias, Polo y Calicles, y que también muestran una gran animadversión contra la filosofía socrática. Considera a la Retórica como un truco para alagar y seducir al auditorio; como una habilidad táctica para influir en auditorios ignorantes; como persuasión no basada en la verdad que trata de influir en los sentimientos y comportamiento de los hombres ingenuos e ignorantes apoyándose en muchos recursos decorativos. Exige que la retórica se apoye en la verdad y por tanto en la Filosofía. Esta oposición entre retórica sofista y retórica filosófica supuso para Platón una fuente de reflexiones y un cambio en cuanto al concepto de retórica, que para él ya solo sería la retórica filosófica. Es en Fedro, seguramente su diálogo más complejo donde Platón se plantea el fundamento de la retórica y su sentido moral, según Kennedy esta nueva visión de la retórica le sirvió a Aristóteles de programa para su enseñanza. La retórica en cuanto una disciplina verdadera se basa en el ser, dice Platón, la retórica falsa, la sofista, en el parecer; sus objetivos son bien diferentes, la primera pretende formar el espíritu y partiendo de la verdad, se dirige al aprendizaje del arte de pensar; la segunda, desde la verosimilitud, utiliza fórmulas vacías y tiene como fin el arte de hablar. El descrédito de la retórica tantas veces mencionado, no se debe a la palabra, sino a su mal uso. Desde muy pronto el gran Aristóteles (394-322 a. C.), figura central y referencia de la Retórica, una vez superadas algunas reticencias, empieza a construir una verdadera ciencia y una sabiduría que ha llegado a nuestros días y ha producido benéfica influencia en la elaboración de la teoría de la comunicación actual. En otro momento volveremos sobre la Retórica de Aristóteles, baste por ahora, su sentido positivo, la aportación esencial a la Ciencia Retórica y su función cardinal en la retórica y la filosofía. Antes de que lleguemos a San Agustín (354-430), otros autores importantes tanto por su defensa de la retórica como por sus grandes aportaciones científicas, como Dionisio de Halicarnaso (60-5 a.C.) Horacio , Tulio Marco Cicerón /106-46 a. C.), Cornelius Tácito (54-120) y Fabio Quintiliano (35-96), que ofrecieron a la retórica verdaderos tratados teóricos y prácticos y una actitud ante la misma decididamente positiva. La Iglesia en un principio ofreció una postura más bien reactiva respecto a la retórica, basándose en ideas ya conocidas, como la fatuidad y vanidad, la superficialidad, la oposición en la palabra verdadera, la divina, el Verbum, (con mayúscula) y la palabra humana, el verbum. San Agustín (354-430) es un claro ejemplo de las diferentes actitudes ante la retórica, se formó muy bien técnicamente en los conocimientos de la retórica que aprendió y posteriormente enseñó, pero cuando se convierte a la fe cristiana, como se observa en las Confesiones, abominó de ella por considerarla falsa y perjudicial. Su actitud cambió radicalmente viendo que podría ser muy útil para la enseñanza de la fe por su elocuencia y capacidad de persuasión. En su De Doctrina Cristiana San Agustín, Obispo de Hipona, sienta las bases de una retórica cristiana basada en la primacía de la Verdad, la moderación y el uso de las técnicas adecuadas siguiendo objetivos de la retórica ciceroniana a través del docere, enseñar las verdades cristianas; delectare, defensa y apología de la verdad; y el movere o flectere, mover al pecador a que se arrepienta. Agustín de Hipona no sólo utiliza la retórica para la predicación de la fe cristiana sino que además crea sus propias teorías e incluso genera el estilo cristiano , que se caracteriza por la defensa del uso de la claritas y perspicuitas, el uso moderado de las figuras retóricas por su atractivo para los auditorios e incluso la delectación o cómo evitar el tono áspero o desagradable en las predicaciones y los sermones, así como la utilización de los estilos ciceronianos: el estilo bajo para la enseñanza, el mediocre para la alabanza y el sublime para la reprensión y la exhortación del bien. San Agustín es un autor importante para la historia de la retórica en cuanto que enlaza la retórica antigua con la medieval, genera las bases de una retórica cristiana y es un claro ejemplo del buen uso de la retórica desde la vertiente ética, adecuando las estrategias, las técnicas y los estilos a cada situación comunicativa. Si diéramos ahora un gran salto desde San Agustín a la llamada Nueva Retórica, valorando bien es cierto el significado de la retórica en la Edad Media, cuando era una de las materias del trivium; en el Renacimiento, con su célebre querella ciceroniana; en el Barrroco con las relaciones deleitar/convencer/, asianismo/aticismo, culteranismo/conceptismo; en los siglos XVIII y XIX con sus escuelas de teoría y práctica retórica que desembocaría finalmente en la decepcionante Retórica Perceptiva; observaríamos de nuevo una decadencia considerable de la retórica que proporcionaba fórmulas vacías para una educación formal y rutinaria en toda la primera mitad del siglo XX, y por tanto una percepción negativa de la retórica. Pero antes de responder a ese nuevo planteamiento de la Nueva Retórica, tan citado y admirado, es preciso pararse en medio del discurso para oir a Locke en su Ensayo sobre el entendimiento humano , si lo esencial del lenguaje es su capacidad de modelar nuestras ideas sobre la realidad es necesario analizar el instrumento de expresión. A tal efecto considera que el uso lingüístico se caracteriza por la claridad, la precisión y la fidelidad y lo opone al uso retórico que oscurece en vez de aclarar, que oculta en vez de descubrir, que vela en vez de desvelar, según recoge De Bustos (2000, 51) La percepción que tiene Locke sobre el discurso retórico no puede ser mas negativa, pero también más parcial e irreflexiva. Después de hacer una reflexión sobre las características de la retórica como imperfecciones o abuso del lenguaje solamente admisible para los discursos destinados al halago y al placer, arremete más duramente contra la retórica: Sin embargo, si pretendemos hablar de las cosas tal como son, es preciso admitir que todo el arte retórico, exceptuando el orden y la claridad, todas las aplicaciones artificiosas y figuradas de las palabras que ha inventado la elocuencia, no sirven sino para insinuar ideas equivocadas, mover las pasiones y para reducir así el juicio, de manera que en verdad no es sino superchería . Bien le hubiera podido advertir Pascal que podría ser un error menospreciar un fenómeno de la comunicación esencial al ser humano, haciéndole ver la autonomía e irreductibilidad de la metáfora a paráfrasis literales, que posee un excedente expresivo que le facilita el acceso a hechos o realidades que no se pueden expresar en el lenguaje literal. Desde otra perspectiva Nietzsche le haría también alguna referencia basada en sus teorías sobre la imposibilidad de trazar una frontera claramente delimitada entre lo literal y lo metafórico. Dada que ninguna denominación abarca la realidad que nombra, es esencialmente metafórico, es más, no existe ninguna expresión real y ningún conocimiento independiente de la metáfora… las metáforas más corrientes, las usuales pasan ahora por verdades y como criterios para considerar las más raras (…) Conocer no es sino trabajar con metáforas favoritas, una imitación que ya no se experimenta como tal (Nietzsche, 1872) Muchos otros autores entrarían de nuevo en el debate del sentido de la metáfora y de la retórica en el lenguaje y en la realidad, pero debemos avanzar más rápidamente. A mediados de los años 50 del siglo XX aparece una nueva forma muy positiva de entender la Retórica, un movimiento denominado como la Nueva Retórica, reacción que nació como consecuencia de un largo periodo de decadencia de la retórica prácticamente en todos los ámbitos. Tres son las grandes corrientes de la Neorretórica, según Pozuelo Ivancos (1988), la retórica filosófica centrada en el valor de la vinculación con la filosofía y la interdisciplinariedad, pero, sobre todo, en activar el pensamiento no solo deductivo, sino argumentativo, como defienden Perelman y Olbrechts-Tyteca (1958) en su Tratado de la Argumentación. La Nueva Retórica . Las nuevas relaciones entre lingüística y retórica, supone la segunda de las grandes corrientes de la renovación de retórica a partir de los trabajos de Jakobson (1960, 1963), Roland Barthes (64, 67), Gerard Genette ( 1967, 1968, 1972), Todorov (1967, 1974). La tercera forma de manifestación de la Nueva Retórica es la concepción de una Retórica General, que ya adelantara Roland Barthes y que ha definido el Grupo m en su Retórica General. En este mismo contexto se sitúa el New Cristicim que podría entenderse como la ciencia general del discurso que bebe de nociones clásicas y se fija en una orientación didáctica y práctica. Cuando la retórica intensifica su valor, parece deducirse de este brevísimo recorrido histórico, se liga a su conexión con la Filosofía, con la Dialéctica, con el pensamiento, con la fuerza expresiva, con su sentido práctico, didáctico y su vinculación a la ética; cuando se olvida de estas relaciones, y la retórica sólo busca el efecto persuasivo, el parecer y la expresividad ligera, en definitiva, el mal uso de la palabra, entra en decadencia. Para la retórica es esencial no perder de vista la ética, el saber que las palabras significan y exigen comportamientos. Cuando digo prometo, recuérdese a Searle, no solo digo prometo, sino que realmente prometo, hago un acto, el acto de prometer y como tal agente, soy responsable de cumplir esa promesa. Toda la teoría de los actos del lenguaje ha dejado bien claro que las palabras son actos. En múltiples ocasiones he dicho que el decir compromete. Desde Aristóteles a Searle o Habermas, por citar solo a teóricos de la comunicación, la palabra es algo que se ha de tomar muy en serio. La ley misma le da una importancia definitiva a la palabra. LaBiblia, Freud, muchos de los estudiosos de los medios de comunicación actuales, consideran que las palabras generan realidad social o creadora. Y dijo Dios hágase la luz y la luz fue hecha .
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