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RETÓRICA MUSICAL
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6. ConclusionesA lo largo de este estudio hemos abordado la evolución de la retórica musical desde que Quintiliano en el S. XVI reflejara su importancia, apuntada ya antes por otros autores. A partir de entonces caracterizamos la evolución de la poética musical, citando sus épocas doradas en el renacimiento y el barroco, y su decadencia en épocas posteriores. El madrigal de Gesualdo que hemos analizado muestra perfectamente cómo la simbiosis entre texto y música aúna el poder expresivo de ambos elementos que a la vez, se complementan en formas musicales como la que aquí hemos analizado. Esa simbiosis, esos madrigalismos han tenido lugar en torno a ciertos aspectos como hemos visto en el análisis, con el objeto de resaltar ciertas ideas y palabras, como suspiro, dolor o desgracia; palabras muy significativas si tenemos en cuenta las circunstancias que rodearon su existencia. El empleo de las figuras retóricas ha sido una constante al servicio de lograr un objetivo único: llegar a un grado de expresividad imposible de alcanzar sin la vinculación de ambos elementos. Se accede así a un universo expresivo mayor que tuvo en el madrigal su principal soporte. No obstante, y pese a lo explicado, sería un error circunscribir el auge de la retórica musical al madrigal renacentista o al barroco. Sin duda, en muchos de los procedimientos compositivos de todas las épocas están implícitos los procedimientos retóricos; en formas musicales como la sonata tan desarrolladas durante el clasicismo o el romanticismo, se plasma de un modo particular el discurso musical en el que podemos encontrar numerosas semejanzas respecto a la oratoria. Las partes que estableciera Gallus Dessler en su Preacepta musicae peticae de 1563, exordium, medium y finis, pueden percibirse perfectamente en la estructura tripartita de la sonata; en su exposición, su desarrollo y su reexposición. Pero más allá de la estructura formal, todo procedimiento compositivo consta de unidad, variedad y equilibrio. Los procedimientos y figuras retóricas contribuyen a lograr esos elementos. Elementos que también deben aparecer en una obra poética. Al fin y al cabo, música y poesía son dos mundos paralelos que en ocasiones se unen, como hemos visto aquí en el madrigal, y como vemos también en otro gran género musical: la ópera. Sin embargo, sería un error pensar que la edad de oro de la retórica ya hubiera pasado. Seguramente su renacimiento no tendrá lugar en el modo en que nació y logró su mayor desarrollo. La música es sólo un ejemplo de cómo la retórica puede ser usada en otros lenguajes y así está sucediendo, ya que es bajo otros lenguajes donde aflora con fuerza. No podemos olvidar la imagen como un soporte perfectamente válido para el desarrollo de esta vieja disciplina; especialmente en un mundo en el que prima lo audiovisual; inmersos en una sociedad de consumo en la que estamos sometidos constantemente al reclamo publicitario. Es quizá en este ámbito, la publicidad, donde la elocuencia y la persuasión son imprescindibles. En un mundo en el que la saturación de mensajes e información es una constante, se hace necesario recurrir a formas de articular la imagen, el sonido, y la palabra de forma que penetren en la sociedad. Lo que sí ha quedado sumamente claro, a mi modo de ver, es la relación poético-musical a través de la retórica. Podríamos decir que las palabras son a la poética lo que los sonidos a la música. Por ello, su articulación no tiene porqué diferir tanto. El empleo de la retórica, en muchas ocasiones de forma paralela, compartiendo figuras y procedimientos, es un buen ejemplo de ello.
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