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LA ASIMETRÍA CEREBRAL
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3. Redes y trampas
Sabemos de los intentos de la humanidad por someter al dominio de los números incluso algo tan difícil, ¿imposible?, de definir como es la belleza. Ahí tenemos el ejemplo claro del número F , el número de oro (GHYKA, 1968). Quizás en esa misma línea esté el permanente intento humano de nombrar (desde siempre me ha fascinado que número en francés se diga “nombre”), de atraparlo todo en palabras, esos signos pensados para la imposible tarea de hacer material toda idea y poderla de alguna forma poseer:
Cabe hacerse la pregunta de por qué se pretende tal cosa. Y, en todo caso, asumiendo que se quiere nombrar y numerar toda realidad, incluso si su materialidad fuera de otra forma imposible, esas realidades que se quieren atrapar han sido traídas de alguna manera a la conciencia, han sido concienciadas o, al menos, intuidas. ¿De qué mecanismo mental estamos entonces hablando? ¿Cuáles son sus objetos? ¿Puedo contemplar algo sin pensar en ello, antes de nombrarlo? Incluso se plantea el tiempo, en su dimensión psicológica, como una forma de explicar, de desplegar realidades, y se ha definido su entidad como una creación del movimiento mental del pensar, como algo fabricado por el pensamiento y de alguna manera connatural con él (KRISHNAMURTI y BOHM, 1996). No se va a entrar en esta ocasión en el fondo de la idea, que seguramente pasa por valorar de qué antiguos miedos proviene esa pulsión imperiosa del ser humano por dominar todo tipo de realidades en las redes de múltiples lenguajes y representaciones mentales, pero sí se plantea como necesario precisar que no se está hablando de una sola modalidad del pensar, del pensamiento verbal, sino de otras muchas que pueden adquirir matices incluso más sutiles y por lo tanto más cercanos a las formas mentales implicadas en los procesos creativos. Estamos acostumbrados a tener en una muy alta estima el acto de pensar como algo definitorio de la categoría y dignidad humana, pero en muchos casos puede que no seamos conscientes de que al mismo tiempo estamos encerrándonos en nuestra propia trampa, al limitar nuestra experiencia al ámbito de estructuras conocidas y cerradas con las que de alguna manera nos hemos acostumbrado a filtrar e interpretar el mundo y la vida. Se habla, pues, para limitar la limitación, de diferentes tipos de pensamiento tales como el pensamiento visual (ARNHEIM, 1986), el pensamiento corporal o el pensamiento dimensional (ROOT-BERNSTEIN, 2002, pg. 197), aunque como denominador común estará siempre la figura limitada del pensador: Desde la atalaya de la visión personal se puede tener una cierta perspectiva de las cosas, incluso de uno mismo. Pero cada vez es más visible la existencia de otra forma de enfrentarse a la realidad, a las realidades, en una dimensión que ha sido elocuentemente llamada ‘transpersonal' (GROF, 1988). Parece que algo escapa de la trampa, de las redes del pensamiento-lenguaje-persona. Algunos valores incluso se sitúan más allá de los condicionantes, no ya sólo personales, sino también culturales o de contexto social, en los terrenos de la ‘filosofía perenne' (HUXLEY, 1977). Cuando una obra de arte se dice que llega al corazón, o, simplemente, que llega a las profundidades interiores de quien la contempla, ¿de qué sustancia se habla? ¿Se está diciendo quizás que pueden conectarse visiones transpersonales en un mayor o menor grado de abstracción? ¿Es ésa la dimensión divina del arte? ¿Por eso lo llamamos creación? ¿Es esto la inspiración? Indudablemente no se pretende en este texto dar respuesta a estas difíciles cuestiones. Simplemente se mira de forma reflexiva en la dirección hacia la que apuntan algunos razonamientos y vivencias. Está claro que sin nuestra percepción sensorial y las interpretaciones que a partir de ella elaboran nuestros sistemas de pensamiento racional, la vida del ser humano carecería del sentido que cobra como proceso de aprendizaje basado en las relaciones. Pero algo de esto que aquí se analiza ahora apunta más hacia un mundo interior no supeditado permanentemente a los estímulos exteriores. Y parece especialmente importante esta reflexión para observar con mucha atención y cuidado esa posición mental en la que se gesta un proceso creativo ante la hoja en blanco, la pantalla en blanco, la propia mente en blanco, y desde allí iniciar, gestar, alumbrar, nacer. ¿Quién mira qué para que eso suceda? |
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