Número 7 Educación

NUEVOS RETOS EN LA EDUCACIÓN DEL SIGLO XXI:
Uso de Internet, mejorar la reputación de la escuela pública e introducir la ética profesional

Isidoro Arroyo Almaraz

Profesor Titular Universidad Rey Juan Carlos

e-mail: isidoro.arroyo@urjc.es

 

Versión completa del artículo

 

1. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación en la Educación

2. Los cambios introducidos por la Sociedad de la Información

3. La ética y la reputación en la educación

4. Nuevas exigencias al sistema educativo

5. Conclusiones

Referencias bibliográficas

 

2. Los cambios introducidos por la Sociedad de la Información

Cuando todavía está reciente la celebración de 25 aniversario del accidente nuclear de Chernobil nos seguimos inquietando porque, acciones tan alejadas de nuestro entorno como ésta, nos hayan impactado tanto y hayan trastocado la importancia de los acontecimientos que suceden lejos de donde nos encontramos, hasta el punto de que el viejo debate de “Nucleares, no gracias”, retomado por la fuerza de la crisis del petróleo, queda redefinido por la importancia creciente que tienen los problemas derivados de los escapes radioactivos.

Por tanto, si tuviéramos que resumir la importancia de las acciones humanas alejadas en el espacio y en el tiempo diríamos que, cuando medía una tecnología de última generación en un proceso productivo, los efectos de cualquier accidente se sufren en otros lugares y los sufren otras personas, incluso los no nacidos, las generaciones venideras.

La percepción de este hecho trastorna nuestro mundo de valores, de manera que lo que hago como ser social, es decir la parte de mi actividad que se reconoce en los demás, es tan importante como la actividad que desarrollo en el ámbito de mi actividad privada.

Se trastorna la vida privada, cada vez más protegida por los derechos. Sirva como ejemplo la creciente protección del individuo frente a los malos tratos infringidos en el ámbito del hogar, como por ejemplo: la protección de los hijos de los malos tratos infringidos por los progenitores, la protección de los padres de los malos tratos infringidos por los hijos, la protección de las mujeres frente a la violencia de género, o la protección de los animales frente al abandono de sus dueños.

Pero también se trastorna la vida pública y aumentan nuestras obligaciones colectivas. Estas transformaciones afectan a la responsabilidad que cada uno contrae, que se traslada desde la autonomía individual a la solidaridad global. Si, por ejemplo, contamino, pago; si abuso de los recursos comunes, soy responsable de las consecuencias globales. Como reza el eslogan de una campaña de la Comunidad de Madrid para sensibilizar sobre el abuso en el consumo de agua: “El total es lo que cuenta”, queriendo, con ello, hacer coparticipes a cada uno de los consumidores del resultado total de consumo de agua. Pero es en este ámbito público, curiosamente, donde las consecuencias no se constatan tan fácilmente, la dimensión colectiva de las consecuencias se diluye en la responsabilidad compartida y nos preguntamos ¿cómo sé que soy yo el responsable del abuso en el consumo de agua?

En la sociedad de la información, donde se multiplica la información disponible gracias al el uso de tecnologías en la transmisión de conocimiento, s e produce un rechazo importante de las normas morales, circunstancia que padecen los profesores y los alumnos en las aulas. Esto es así porque los alumnos perciben en la moral una coacción de su autonomía, un limitador de su libre albedrío, a lo que hemos de sumar que el cumplimiento de las normas morales exige un esfuerzo difícil de cumplir bajo el dominio de la cultura “light”, “fun” y “soft” que ofrecen los medios de comunicación.

Tanto los profesores como los alumnos perciben que aumenta su poder usando nuevas tecnologías. Quizás por ello, la grabación de palizas con cámaras de teléfonos móviles se ha convertido en una atracción maléfica en manos de algunos adolescentes sin empatía, incapaces de sufrir por el daño infringido.

La ética se percibe como un estorbo, y su ausencia conduce a que los individuos aislados caigan en el relativismo moral o la indiferencia. E l viejo topos renacentista del “Carpe diem” nos está influyendo, hasta el punto que genera cambios en los imperativos categóricos con los que juzgamos a los demás y somos juzgados por ellos.

Frente al rigor del imperativo kantiano basado en el deber que sometía la acción a la norma; en la actualidad hemos entrado en una fase de regulación ética donde los principios fundamentales someten la norma a la acción, que se caracteriza, como señala Gilles Lipovetsky (2003,12), “por una elección autónoma, sometida a exigencias externas (medios de comunicación y empresas) y que no exige el sacrificio sino el asentimiento voluntario (...) La culpabilización de los individuos ha cedido el sitio a su movilización” .

Es el mismo impulso movilizador que lleva a los jóvenes a concentrarse en un macrobotellón de dimensión nacional, el que también los convoca en contra de la carestía de la vivienda.

En nuestra opinión se impone el triunfo de la libertad del individuo para realizar sin cortapisas la tarea de búsqueda del placer individual y del éxito personal. Una afirmación sin límites de la voluntad de poder por el uso de las nuevas tecnologías y la valoración del deseo y la emotividad por encima de la razón.

Por otra parte, se sustituye el Imperativo científico que establece que: “ Todo lo que es científicamente posible ha de ser social y humanamente deseable ”, por el Imperativo tecnológico que afirma que: “Todo aquello que técnicamente se puede hacer se va a hacer” . Y de este modo se ha suplido la racionalidad científica de la época moderna por la racionalidad tecnológica de la época postmoderna (Queraltó, 2003).

Es por ello que proponemos que el tratamiento de la acción pedagógica en el diseño de la actividad de aprendizaje observe los valores de emotividad y de voluntad. La emotividad de amar, para buscar la felicidad en la simpatía y la comprensión por los demás y que difunda los valores de tolerancia y de respeto al prójimo . Y la voluntad del deber hacer, para buscar la justicia en la esfera de la solidaridad universal y que proporcione una representación más justa de nuestra sociedad.

Hace poco, en una entrevista concedida por el ex-presidente del gobierno Felipe González al presentador Jesús Quintero, aquel decía, citando a Gramsci, que él se sentía optimista de la voluntad y pesimista de la inteligencia. Sin embargo, las aportaciones que las TIC ofrecen a la enseñanza nos hacen presagiar un presente optimista en la inteligencia –aplicaciones y usos que las TIC para resolver problemas educativos- pero pesimista en la voluntad del querer hacer. Es decir, tenemos herramientas para resolver problemas, pero nos falta la voluntad de ponernos a ello.

La educación necesita de certezas y de la permanencia de los principios fundamentales que la rigen, pero en la nueva sociedad de la información lo que de verdad aumenta son la ausencia de certezas y se generaliza por doquier la duda permanente que viene a decir algo así como que, dado que la situación y las circunstancias son cambiantes, el enjuiciamiento debe ser cambiante. “Depende” se ha convertido en la palabra comodín que todo lo relativiza. Y cuando preguntamos ¿de qué depende? Corremos el riesgo de que nos vuelvan a contestar que eso también depende.

Al final la realidad nos sobrepasa y nos paraliza y sólo sabemos salir de la situación confiando en que las decisiones las tomen otros. Es aquí justo, donde se instala el malestar docente, el síndrome de profesor quemado ( Burn-out) , profesional que abandona su responsabilidad colectiva y ya no es el total lo que cuenta, sino lo individual, el aquí y ahora de cada día. La consecuencia es que deja que las sucesivas reformas educativas se solapen y no se implica con ninguna de ellas.

La aplicación de la dimensión individual adquiere el mismo protagonismo que la dimensión social y, por tanto, a pesar de percibir los compromisos colectivos como una restricción a nuestra libertad individual; sin embargo, fruto de la globalización, aumentan las obligaciones colectivas con la consiguiente bipolaridad en cuanto a la responsabilidad.

Existe una responsabilidad individual que nos impulsa a progresar y buscar un nivel de prosperidad y de éxito personal y una responsabilidad social, como consecuencia de la influencia que tienen nuestras acciones sobre los demás.

 

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